Un médico inglés en Lanzarote

Como sucede en casi todos los lugares, la historia pequeña de Lanzarote, aquella que se sale de los sucesos más relevantes y los personajes principales, está llena de figuras curiosas, peculiares, poco conocidas pero que son, o han sido, objeto del reconocimiento y el cariño de la gente que las conocieron.

Uno de ellos fue el inglés Tomás J. James, que se asentó en el Arrecife de la primera mitad del siglo XIX. Este británico llegó a Arrecife hacia 1814 cuando contaba con unos veinte años. Inicialmente se trasladó a la isla en busca de negocios comerciales y fue de los primeros ingleses en instalarse en el puerto atraído por el comercio de la barrilla hacia Gran Bretaña. En 1818 mantuvo negocios con el onubense Juan Sirvera para remitir vinos conejeros a las Antillas y desde allí dirigirse a Dover y otros puertos británicos. Pero, sobre todo, parece que estuvo ligado con los Murphy que residían en Santa Cruz de Tenerife.

Sin embargo, la crisis de la barrilla y los años calamitosos que se prodigan a partir de 1830 expulsa a la pequeña colonia inglesa y obliga al inglés a buscarse la vida en otras tareas. Probablemente contase con conocimientos médicos y los ejerciese conjuntamente con sus actividades comerciales ya que aparece como médico desde 1819 pero, desde luego, parece cierto que no poseía la titulación adecuada para ejercerla. Aún así, y dada la escasez de médicos oficiales y la creciente demanda de los mismos, logra el permiso del Ayuntamiento en 1837 para ejercer la profesión en espera de que su acreditación llegase. Se sabe que desde Arrecife acudía a los Valles, cuando este caserío se vio afectado por la viruela, dos y tres veces por semana para realizar visitas gratuitas, que socorría a los pobres con limosnas para su alimento y les daba las medicinas necesarias.

Esto supuso la queja del médico José Bethencourt el cual renunció a seguir pleiteando al ser nombrado médico titular de Arrecife. Tras la marcha de éste en 1843, Tomas James fue nombrado médico de Arrecife, residiendo en la calle Fajardo, y ejerciendo la profesión durante algunos años más.

Fue de los pocos ingleses, junto con Guillermo Topham y Rodrigo Rearden, que se quedaron en la isla tras la caída del comercio de la barrilla. En el puerto vivirá definitivamente, permaneciendo soltero durante el resto de su vida. Cuando falleció, a mediados del siglo XIX, no pudo reposar con sus convecinos pues al ser considerado protestante fue enterrado junto a otro compatriota suyo en el Islote del Castillo de San Gabriel.

Para saber más:

Hernández Delgado, Francisco y Rodríguez Armas, Mª Dolores: Hambrunas, epidemias y sanidad en Lanzarote. Teguise, 2010.

Entrada publicada el 26 de Marzo de 2015